LA NATURALEZA, ES NUESTRO UNICO CAMINO DE SUPERVIVENCIA:
Este mundo, hoy en pandemia de nunca acabar, requiere de un urgente cambio en nuestras costumbres, en nuestras vivencias y forma de ser, en nuestra actitud, para asumir con responsabilidad la obligación que nos incumbe de contribuir a ese cambio esencial y fundamental que se requiere, para lograr nuestra supervivencia en los años venideros, porque si seguimos cómo vamos, de seguro que solamente encontraremos destrucción y caos.
El cambio, conduce a recuperar la naturaleza, amarla entrañablemente, arroparnos con ese verde esperanzador que conlleva vida y nos garantiza aire, agua y tierra. “Es aquí donde cobra real sentido y significación la propuesta de recuperar, incorporar, fortalecer e institucionalizar el amor a la naturaleza como condición de vida y sustentabilidad. Hablar de la compasión, la ternura y la empatía en nuestras relaciones sociedad-naturaleza no es quedarse en el romanticismo, en la utopía, en la ensoñación idealista o incluso en la ridiculez como seguramente algunos lo pensarán. Es ir a la esencia misma de nuestra existencia y la existencia de los seres humanos…
“Amar a la naturaleza no es negar la racionalidad, ni la información, ni la ciencia, ni la investigación sino resignificarla para aprender a inscribir sus resultados en la gestión sustentable del gran socioecosistema que es la tierra, para aprender a vivir en los territorios reconociendo la estrecha interrelación entre los tangibles e intangibles, pasados, presentes y futuros que harán posible recuperar la dignidad de todos los seres vivos de la tierra. No es un antropocentrismo o un biocentrismo exacerbado, se trata simplemente de poner la vida en el centro de la reflexión y acción transformadora. Muy caro estamos pagando el hecho de haber puesto el mercado y el crecimiento económico como el centro de la civilización. Es hora de la gran transformación. Antes que sea demasiado tarde. (Rodrigo Arce Rojas. Doctor en Pensamiento complejo por la Multiversidad Mundo Real).
Rodear nuestras viviendas de naturaleza, convenirnos en defensores de nuestros ríos y cañaverales, sembrar arboles sin descanso por doquier, cuidar el agua, reciclar, en fin, hacer cuanto sea necesario para impedir que el caos y la desesperanza se apodere de este mundo que generaría más dolor y sufrimiento que miles de pandemias juntas. No es aventurado decir y ya está confirmado, que para 2025 dos tercios del mundo vivirán en condiciones de “estrés hídrico” y 1.800 millones de personas experimentarán escasez absoluta de agua y si lo anterior fuere poco para los incrédulos, según cálculos de las Naciones Unidas, es probable un aumento de la migración como resultado de la desertificación y se calcula que, en el 2045, esta sea responsable del desplazamiento de unos 135 millones de personas.
Definitivamente, nuestra salvación la encontraremos en la naturaleza. Proteger y restaurar la tierra tiene un potencial enorme: reducir la migración forzada, aumentar la seguridad alimentaria y estimular el crecimiento económico. Nunca es tarde, para empezar a amar la naturaleza, desde la escuela, los cabildos, los gobiernos, el parlamento, los territorios todos, los ciudadanos, las familias, sin excepción, asumamos la defensa de la naturaleza, si queremos sobrevivir.
Naturalmente de acuerdo
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